Gamusinos de cartón

El niño mira alrededor constantemente, teme que alguien los encuentre antes que él. Rebusca entre la maleza, remueve las hojas caídas de los almendros y alza la mirada a las copas con esperanza. Agudiza el oído por si se hacen escuchar y achina los ojos, por si pudieran ser invisibles a una mirada común. Es una suerte que se encuentren en la era y no en la selva, sin árboles eternos a la redonda su mirada abarca ángulos imposibles. Desde donde está puede ver a Paula subir el pequeño cerro a muchos metros de distancia. Es guapa y podrá ver un montón más allá, aunque no le desea suerte. A lo lejos se escucha a Pedro exclamar algo que no se puede decir. Menos mal que no están los mayores, ya le estarían lavando la boca con jabón.

Han salido de caza demasiado tarde, comienza a oscurecer y la misión ha sido un completo fracaso. No hay esta noche. Volverá al caserío y su padre le preguntará si ha sido capaz de atrapar alguno. Aunque sólo sea uno. Suelen estar más cerca de lo que te imaginas hijo, barre el terreno metódicamente y ya verás como… Espera. Si no están aquí arriba es porque quizá estén allí abajo. La vergüenza momentánea de vérselas con su padre se transforma de un plumazo en adrenalina. Recoge dos piedras y empieza a machacar el seco terreno. Con cada golpe su alegría va en aumento. Están ahí, seguro. Cómo no lo he pensado antes… ¡No he visto nunca uno porque no viven en el mismo lugar que yo! La polvareda nubla su mirada y sus brazos van perdiendo el empuje inicial, pero no dejará que se le escapen esta vez. El ocaso ha despertado a la fauna nocturna; ahí están los grillos haciendo frotar sus patas, la lechuza ululando a la luna, la culebra buscando el cobijo de un romero, el aire murmurando entre los almendros sin flor y un animal pardo observando a un niño ensañarse con la tierra. Éste parece ajeno a su curioso espectador, cosa que no es verdad: los pocos pelos que tiene en la nuca se le erizan cuando su subconsciente siente una presencia inesperada. Me está mirando, he encontrado su guarida. Se gira de golpe hacia donde su instinto ubica al gamusino, pero sólo logra adivinar su color terroso y su larga cola negra. El animal ya ha abandonado su posición para cuando el niño llega al trote. Y se habrá escapado para siempre, pero lo ha visto. Y él me ha visto a mí.

Su padre le pone la mano en la cabeza, le revolotea el pelo y sonríe: el que yo vi era de color amarillo y tenía la cola blanca.

Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía…
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!

Antonio MachadoParábolas

 

Ruido blanco

El metro de las once y media siempre llega a menos veinticinco. Puede que varíe el conductor pero no el retraso. El que está ahora mismo anunciando su llegada está compuesto de no menos de siete vagones, poblados a su vez de seis áreas de ocho asientos laterales puestos frente a frente, donde todo pasajero que tenga la ventura de hallarse sentado tendrá en frente a cuatro afortunados más. Los demás viajeros se distribuyen equitativamente ocupando sobre sus dos piernas los espacios vacíos. El tren llega, para, deja, recoge y se va; dejando atrás tantos poemas y canciones inertes como los que llevará consigo a la siguiente estación. Así debe ser la eternidad. La primera sección del tercer vagón no sería distinta a las demás si no fuera por el hombre sentado del traje gris. Lleva los auriculares conectados a un móvil chino y calza unos maltrechos zapatos marrones. Tiene la mirada dura, la barba seca pero afeitada, un aspecto impersonal y más de cincuenta años. Uno podría afirmar que no ha reparado en la chica de la camisa verde. El vagón entero sabe que es lo más bonito que han visto hoy. A él no parece importarle, está observando algo intangible, algo que ya no está allí. Como el resplandor que deja un rayo atrás. El trance se hace evidente cuando hace una mueca: parece retorcer la lengua contra una muela premolar, se le ve parpadear y volver a fijar la mirada en la nada. Si uno se sentara a su izquierda se percataría de que su ropa huele a vieja y a uso continuado. Si uno se torciera sutilmente hacia él podría darse cuenta de que de sus auriculares no sale música alguna. Es una señal estática, ruido blanco. Dada esa premisa, uno sólo podría llegar a la conclusión de que el hombre del traje gris tiene puesta la radio cuando allí no hay cobertura.

No seremos su sombra sino su destino. Al tomar la última curva la fuerza centrífuga parece hacerle despertar. La aparente muerte en vida se levanta de su asiento y se acerca a la puerta. Debe tener miedo a su reflejo porque ahora su mirada se pierde entre sus pies. Cuando el metro ceja en su completo movimiento, y no antes, acciona el botón de apertura. Camina seguro y encogido, como si llevara una carga invisible a los ojos. Al llegar a los paneles verticales éstos detectan su presencia y se abren a su paso. No le piden que valide su billete. El chasquido estático en sus oídos adivina una canción. Comienza a encarar la escalera de salida. La mato y aparece una… Le suena la canción, frunce levemente el ceño. Pone el pie derecho sobre el primer escalón y alza la mirada. Hay un mundo allí fuera. La vuelve a bajar. No quepo en su boca.

Cuando se erige sobre el último peldaño el ruido cesa. Suena “Sueño con serpientes” de Silvio Rodríguez. Y plantea con un verso una verdad. Mira alrededor. Hay un niño tirando con saña una peonza. Se gira y observa frío la salida de la estación. Parece meditar. Parece pensar que sí cabe.

Mañana el tren volverá a llegar a menos veinticinco.

La lluvia que no venía

Aquel día de verano de 1945 los gorriones volaron bajo. Al ocaso los vimos revolotear desde el umbral del portón. Ella salió, se recostó en el saliente del postigo más cercano y refugió las manos en su vientre, bajo los pliegues de su sucia blusa desvaída. Clavó la mirada en algún lugar situado entre el todo y la nada. Se recogió el pelo y volvió la cabeza hacia mí. Viene lluvia. Le dije que llevaba lloviendo demasiado tiempo.


Microrrelato enviado la semana 30 al concurso IX Edición de Relatos en Cadena, de la Escuela de Escritores.

En el sol no hay amanecer

Llueve incesantemente. Las gotas caen con estrépito, repiqueteando al estrellarse en el ventanal. Son poco más de la una de la mañana. Mira de reojo el reloj de la mesita de noche y, resignado, se acomoda sobre su costado izquierdo, como si al darle la espalda al reloj y al ventanal fuera a parar el tiempo y la lluvia. Ahora tiene enfrente la cómoda, y justo encima de ésta un póster de Pink Floyd: The dark side of the moon. Le gusta recordar que la cara oculta de la luna es siempre la misma cara.

El armario empotrado cruje en la oscuridad. Se levanta, estira los brazos y se acerca a la vidriera, intentando divisar el firmamento tras la muralla de agua. Baja la mirada. Su perra Theia también se ha desvelado. Los pensamientos se precipitan sobre él en tromba, sin previo aviso. Como la lluvia, y tomando la forma de axiomas. Decide prepararse un té sin teína, recostarse sobre la repisa del ventanal y dejarlos fluir. Para los insectos del jardín ese torrente de gotas debe ser lo más parecido al fin de los días. Y sin embargo, nacerá un nuevo horizonte en unas horas. La rotación terrestre bañará de luz el pequeño huerto. El ocaso se llevará los últimos fotones consigo. En el sol no hay amanecer. Una noche estrellada se expande y baila a su alrededor. Proyecta su radiación en todas las direcciones posibles, perdiéndose la mayor parte en el vacío estelar. Inutilizada, como las emisiones radiofónicas que nadie escuchó. Sólo una ínfima parte de sus haces de luz impactan contra cuerpos celestes, y de ellos sólo una irrisoria fracción logran traspasar la atmósfera terrestre. Un panel solar del tamaño de mi mano en órbita terrestre generaría dos mil veces la energía que produce un panel solar del tamaño de Madrid en tierra.

– ¿Y si dejáramos de depender de nuestro planeta energéticamente?
– ¿Ha calculado usted cuánto dinero costaría? ¿La ingeniería necesaria para lograrlo?
– L
a ciencia nunca resuelve un problema sin crear diez más, como dijo Shaw.
– Yo también soñaba a su edad.

En el espacio no llueve. En el espacio no se pone el sol.

La lluvia ha cesado y el té ya está frío. Theia descansa a sus pies. La mira y piensa que ella nunca intentaría beber del rocío que esparce un aspersor. Se bebería el aspersor.

Se sienta en el borde de la cama y alcanza las botas de agua. Las lustra con esmero y las coloca a pie de cama. Se levantará al alba y repasará la defensa de la tesis mientras desayuna. No calzará las botas. Irá caminando a la facultad, bordeando todos los charcos que encuentre en su camino.


Relato enviado al Concurso sobre el amanecer – Zenda.

Doble ciego

En los tiempos en los que no existía el quizásquisistedecir era crucial encontrar algo que te entretuviera lo suficiente para no morirte de asco, sobretodo cuando se alcanza esa edad en la que siempre tienes la razón y todo te divierte nada o demasiado. La edad del pavo llegó para inmolarse.

En mi caso aquello supuso no sólo una revolución arterial, también ideológica. La Guerra de Bosnia había llegado a su fin años atrás y la refundación de las naciones de la antigua Yugoslavia estaba en marcha, con sus penas y sus glorias, con sus inocentes y sus verdugos; la delgada línea roja que separa el bien del mal. Yo me tragaba como cualquier otro espectador de 12 años aquellas noticias de metralla, casquillos y ex-escuelas, sin entender nada, preguntándome si la emisión del enésimo capítulo de las Tortugas Ninja se retrasaría. Conforme pasaron los meses la importancia de aquellas demoras fue menguando, hasta que acabó siendo directamente proporcional a las ganas que tenía de entender el mundo y adquirir una identidad ante la vida. Como cualquier otro adolescente.

Leí Paula, de Isabel Allende, y dictaminé que la historia de Chile es una historia triste, que no siempre gana quien tiene la razón y que si un día tengo una hija me encantaría que se llamara Paula. Leí Las cenizas de Ángela para querer tener una madre como ella, ser Frank y escapar a América. Leí El romancero gitano y me apené por el maltratado corazón de Soledad Montoya. Leí la Obra Poética de Miguel Hernández y me pregunté a qué debe saber un bocata de cebolla. Leí El diario de Anna Frank y entendí qué ocurrió en La lista de Schindler sin que apareciera Schindler.

Cuando quise darme cuenta ya entendía que la violencia suele imponerse a la razón, y que la violencia se puede ejercer con y sin razones. No tenía porqué ser siempre física. No tenía porqué ejercerla el que la quería provocar. En el nombre de una nación. En el nombre de una doctrina. En el nombre de un Dios.
Y el problema no lo tengo tanto con quienes la ejercen, sino con nosotros, en la mayoría restante: los que la toleramos. En muchos de aquellos libros que alguna vez leí identifiqué a dos tipos de ciudadanos que considero parte esencial de la no-solución: los narcisistas y los hombresdefe. Los primeros aceptan sin ningún atisbo de duda el status quo actual, sin plantearse ninguna otra opción más allá de las cuatro paredes que le sustentan, ya les va bien que las cosas estén como estén, y además, ¿qué puedo hacer yo para evitarlo? Los segundos están dispuestos a dejarse el alma por esa entidad, tenga ésta las razones que tenga y sea a costa de quien sea: un peligro en potencia. En cualquier caso, ambos juran el solemne cargo cada cuatro años a primeros ministros. A prominentes economistas. A profetas. Es el ciclo perfecto.

No me importa si te agrada o te disgusta lo que te digo, no hay otra opción que no sea la mía. Y además no te importa.

Pues debería importarte. Toda antigua nación que se precie es experta en guerras.

No soy un politólogo ni pretendo serlo. Tampoco soy un filósofo. Lo que sí sé que soy es anti-belicista y creo que los órganos de gobierno de los distintos países del mundo concentran un poder militar absolutamente desorbitado, un poder subyugado a sus propias decisiones. Hace un tiempo leí que en el campo de la investigación existe un método llamado doble ciego cuya función es prevenir que los resultados de un cierto experimento estén influidos por factores externos. Este procedimiento es indispensable, por ejemplo, a la hora de probar un medicamento nuevo. Se emula el fármaco real creando una réplica exacta pero totalmente inservible. Ni el propio investigador que suministra el fármaco ni los propios pacientes conocen la naturaleza de la sustancia, por lo que el paciente desconoce si está tomando un placebo o el propio medicamento, y a su vez no puede estar sugestionado por la opinión del subministrador, dado que él tampoco lo sabe. De esta forma se asegura la imparcialidad del procedimiento y la efectividad del fármaco, al no estar influido por el efecto placebo o por el sesgo del observador. Pues bien, a veces he fantaseado con la implantación de este método científico en las altas esferas del poder. Me he imaginado un órgano consultivo y crítico al cual pedir, por ejemplo, permiso respecto al lanzamiento de operaciones bélicas en cualquier lugar del mundo.

– Buenos días Sr. Peláez. Tenemos dos Tomahawks apuntando a una boda en Mashhad, solicito permiso para volarla por los aires.
– ¿Qué hay en esa boda para querer volarla General Tomate?
– El máximo dirigente del PSPEAX, cuarenta niños, veinte mujeres, quince hombres, treinta ancianos y dos asnos.
– No se ha tomado la medicación hoy, ¿verdad?
– Ha sido idea del Secretario de Defensa, Sr.
– Continúe.
– Fue ascendido a ese cargo por el presidente de nuestro país, el cual fue votado por la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos.
Inmensa mayoría es un pleonasmo, mayoría ya implica mayor parte. Pero siga, General.
– Por lo cual podemos deducir que tenemos la aprobación de las masas para hacer lo que nos plazca con esa boda.
– ¿Está usted diciendo que si preguntamos a los habitantes de nuestro país si desean sacrificar a cuarenta niños, veinte mujeres, quince hombre, treina ancianos y dos asnos por un terrorista dirían que sí?
– No lo sé, Sr. Peláez, ¿lo sabe usted?
– ¿Qué tal si les preguntamos a ellos?

Educamos a nuestros hijos sobresiguiendo y motivando su evolución como personas, para que luego, al crecer, descubran que deben hacer la vista gorda cuando los líderes de las naciones mienten o no cuentan toda la verdad, aceptan el bombardeo de pueblos y ciudades o venden armas a países en conflicto, entre otros crímenes, ya sea de forma directa o indirecta. Crímenes de lesa humanidad que, como acabarán finalmente asumiendo, nunca serán juzgados. Por el bien. Y por el mal.

La tierra silenciada

Cuentan las sabias lenguas que cuando Manuel Azaña supo que la Guerra Civil estaba a la vuelta de la esquina echó el exabrupto más exacto sobre la elocuencia íbera. En una sala repleta de ilustres y no tan ilustres personalidades interpuso que “si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar”.

De aquellos barros, estos lodos. La gente habla de lo que le rota y así nos luce el pelo. Hace poco menos de doce horas se ha despedido en el estadio sudafricano de Soccer City a Nelson Mandela, una persona que, lejos ya de ser infinitamente admirable ha sido, además, el personaje más destacado de este último cuarto de siglo. Y es que este tío fue capaz de poner de ministros a los mismos racistas que lo condenaron a prisión. Una bofetada de una calidad humana tan grande que hace que a un europeo se le atragante prácticamente cualquier cosa.

No voy a hablar de la cantidad de hipócritas que llenaban la tribuna asignada a los líderes mundiales, me centraré simplemente en nuestra parte del pastel porque creo que ya tenemos suficiente con ellos. Ni siquiera del ilustre Premio Nobel dando lecciones de humanidad en un estadio donde se necesitan dos manos para contar los dictadores que ocupan un asiento. Hablaré de nuestros representantes. Supongo que, en un alarde de celeridad y avispamiento, el Gobierno de España decidió mandar allí, en representación de todos los españoles, a alguien con una alma mandelariana, alguien que representara esos mismos sentimientos encontrados que tan bien supo comunicar a su pueblo Tata Madiba. Así que decidieron, sin margen de duda, enviar por jet privado al Príncipe de Asturias, al presidente de este curioso país y a todos esos coleguis-y-asesores que nadie conoce. Me imagino que los asesores estaban allí por si a Rajoy le daba por decir alguna bobada de las suyas, o quizás justamente para que la dijera. La cuestión es que como era normal la ha dicho y ya está, nos ha llamado tontos desde Sudáfrica y ahora vuelve aquí a seguir mandando sobre nuestra vidas. El tontico nos llama tonticos y vuelve a España a gobernar a esos mismos tonticos, esa sería la crónica de su espectacular speech en tierras africanas. Aún así la presencia más llamativa es la del Príncipe de Gerona, Príncipe de Viana, Duque de Montblanc, Conde de Cervera y Señor de Balaguer. Es decir: nuestro principito. Un principito hijo de un rey impuesto por un dictador al cuál la palabra república le rima con anticonstitucional. No seré tan malo como para decir que, además de gilipollas es un idiota, a fin de cuentas sería mentira, las señoras que leen el Pronto diariamente dicen que es muy majo. No lo conocen, pero es muy majo. Una persona ejemplar. Saluda a los periodistas y sonríe y todo el tío.

Siendo sinceros tenemos lo que nos merecemos. España no es gobernada por un gobernante desde hace más de siglo y medio. Tenemos políticos nefastos. Y tenemos reyes ausentes. Tenemos idiotas dirigiendo empresas y trabajadores lamiendo el zapato de ese mismo idiota. Aún así, el problema que tiene este país no es ese. El problema es la falta de educación, y con ellos no quiero decir maleducado. Quiero decir falta de educación. Analfabetos que mandan. Y lo peor de todo: analfabetos sin vergüenza habida ni por haber. Better leave. To somewhere else. Anywhere.

Vivirás mientras te recuerden

Cuando Isidro nació fue el súmmum de una situación esperada. Sus dos hermanas le recibieron con los brazos abiertos y no los cerraron hasta que no cumplió los 10 y sus amigos del cole importaban más que el plato de lentejas con chorizo que preparaba su madre. No había cumplido ni los 18 y sus amigos superaban ampliamente el número de cromos de La Liga 95-96 de Panini que, celosamente, yo llegué a coleccionar. Y así, haciendo “tengui” de amigos, seguiría hasta que no tuve más remedio que decirle adiós. Así me lo encontré cuando yo lo conocí.

A decir verdad fue él quien me conoció a mí (y no al revés). Isidro sumaba unas bonitas 18 primaveras cuando mi madre me parió. Vine al mundo y me comí de frente (y sin notarlo) el desastre de Chernobyl, la caída del muro de Berlín, la crisis de los 90 y el principio de la guerra de los Balcanes. También el Barça de Johann Cruyff, y eso sí que lo recuerdo bien. No me imagino cómo le pudo sentar a un culé ostentoso como él que antes de la final contra la Sampdoria su sobrino decidiera que era del Madrid y no del Barça. Supongo que mal. O bien, depende de como se mire. No sé si fue la presión familiar pero yo me hice merengue de cabo a rabo: dejé de ponerme la camiseta de Stoichkov y de soñar con ser Koeman para admirar a Manolo Sanchís y, poco después, idolatrar a un tal Roberto Carlos. La oportunidad esta vez se puso de mi lado y cinco años después el Real Madrid ganaría su séptima Copa de Europa, tan discutida por él.

El primer recuerdo que me viene a la mente cuando pienso en él es su barba fuerte y puntiaguda cuando me daba los dos besos de rigor al verme. Recuerdo perfectamente decirle: “pinchas” para, acto seguido, escuchar su risa. Recuerdo perfectamente también las sobadas que se metía durante las fiestas navideñas en el sofá de turno, y como iba yo a darle por saco. Su humor era contagioso y creo que hasta un tío tan seco y soso como el dinosaurio Fraga (a quién su padre / mi abuelo tanto odiaba) se hubiera partido la caja con él. De verdad, eh. Se hubiera descojonado. Las fiestas de Poblenou también ocupan un lugar relevante en mi memoria. A los treinta y poco tuvo dos hijos preciosos (Sara y Yeray) de los cuales yo tengo el honor de ser el padrino de uno de ellos: del pequeño gran hombre, el más culé de la familia Durán. Dos hijos impresionantes. El tiempo dio el acelerón propio de los diecitantos y cuando me di cuenta ya tenía los dos patitos. Mi merenguismo fue en aumento y las conversaciones futboleras así como sus regalos iban subiendo de nivel. Él me regaló el primer CD de Estopa (uno de sus grupos preferidos por no decir su grupo preferido) y también el disco Finisterra de Mago de Öz, ambos guardados en mi colección de CDs de cuando-no-existía-internet. Nos dejó su madre (mi abuela), tuvimos una boda de por medio y, por muy poco, no conoció a Lucía, la hija de su sobrina Sandra. Él estaría encantado. Con las dos. Con la madre y con la hija.

Guardo el último paquete de tabaco de liar Brookfield que nunca llegó a abrir. Y guardo también la bufanda del Real Madrid que él me regaló, patrocinada por (y esto sí que es raro) Estrella Damm. Es la única que tengo, y probablemente la única que tendré. Guardo el libro de Luís Chamizo que Pili -su mujer- me dio, un libro escrito completamente en lengua castúa (extremeña). Guardo sellos y monedas que él me fue proporcionando y que incrementaron mi querida colección.
En cierta manera me impresionó (y no me impresionó) lo abarrotada que estaba la capilla del tanatorio de Poblenou mientras sonaba El cant dels ocells de Pau Casals. Aquella noche del 7 de junio de 2011, cuando me cercioné de que nunca más le volvería a ver, me dio por pensar y llegué a una conclusión personal: cuando alguien se va vive eternamente mientras todas aquellas personas que ha conocido le guarden en su recuerdo. No mueres mientras te recuerden. Isidro, tú nunca estuviste en el cielo: eres de los que no vuelan.

 

El comienzo de una amistad no duradera

Cuando pensó en qué sería de él cuando ella ya no estuviera no se sorprendió a sí mismo. Nada. No pasaría nada. Absolutamente nada.

Había crecido en un ambiente familiar sin figura predominante. Para sus padres las penas eran penas y las alegrías alegrías. Sin más. Los cuchicheos se le antojaban superficiales, como todas esas conversaciones que se producían todos los mediodías de todos los primeros días de todas las semanas del año: banales y sin trasfondo. No vivía la vida intensamente porque sus padres lo educaron para medir la vida en una escala de grises. “Nunca juegues con el blanco y el negro, cariño, porque los extremos se tocan”, le decían. Tonterías. Los extremos se podían ver por toda la ciudad. Se podían ver en cada esquina, en cada tienda, en las ojeras de toda esa gente que releía el último mensaje enviado en su teléfono móvil.

Aquél carácter tan particularmente extraño de su unidad familiar fue objeto de debate entre el profesorado del colegio donde estudió. Nadie comprendió nunca como una familia tan sentimentalmente autista podía haber llegado a educar a un niño. Pero lo hicieron, y el niño salió clavadito a ellos. Excepto en una cosa: ese crío de ocho años que se divertía durante la hora del almuerzo buscando gusanos entre las raíces del único árbol del patio de la escuela era capaz de sentir. ¡Y tanto que sentía! Lo sentía todo. Todo lo de los demás. Era un náufrago en Manhattan. Era un autista empático.