Archive for the 'Sin categoría' Category

Don Dinero

Sep 09 2016 Published by under Sin categoría

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Gamusinos de cartón

Ago 14 2016 Published by under Sin categoría

El niño mira alrededor constantemente, teme que alguien los encuentre antes que él. Rebusca entre la maleza, remueve las hojas caídas de los almendros y alza la mirada a las copas con esperanza. Agudiza el oído por si se hacen escuchar y achina los ojos, por si pudieran ser invisibles a una mirada común. Es una suerte que se encuentren en la era y no en la selva, sin árboles eternos a la redonda su mirada abarca ángulos imposibles. Desde donde está puede ver a Paula subir el pequeño cerro a muchos metros de distancia. Es guapa y podrá ver un montón más allá, aunque no le desea suerte. A lo lejos se escucha a Pedro exclamar algo que no se puede decir. Menos mal que no están los mayores, ya le estarían lavando la boca con jabón.

Han salido de caza demasiado tarde, comienza a oscurecer y la misión ha sido un completo fracaso. No hay esta noche. Volverá al caserío y su padre le preguntará si ha sido capaz de atrapar alguno. Aunque sólo sea uno. Suelen estar más cerca de lo que te imaginas hijo, barre el terreno metódicamente y ya verás como… Espera. Si no están aquí arriba es porque quizá estén allí abajo. La vergüenza momentánea de vérselas con su padre se transforma de un plumazo en adrenalina. Recoge dos piedras y empieza a machacar el seco terreno. Con cada golpe su alegría va en aumento. Están ahí, seguro. Cómo no lo he pensado antes… ¡No he visto nunca uno porque no viven en el mismo lugar que yo! La polvareda nubla su mirada y sus brazos van perdiendo el empuje inicial, pero no dejará que se le escapen esta vez. El ocaso ha despertado a la fauna nocturna; ahí están los grillos haciendo frotar sus patas, la lechuza ululando a la luna, la culebra buscando el cobijo de un romero, el aire murmurando entre los almendros sin flor y un animal pardo observando a un niño ensañarse con la tierra. Éste parece ajeno a su curioso espectador, cosa que no es verdad: los pocos pelos que tiene en la nuca se le erizan cuando su subconsciente siente una presencia inesperada. Me está mirando, he encontrado su guarida. Se gira de golpe hacia donde su instinto ubica al gamusino, pero sólo logra adivinar su color terroso y su larga cola negra. El animal ya ha abandonado su posición para cuando el niño llega al trote. Y se habrá escapado para siempre, pero lo ha visto. Y él me ha visto a mí.

Su padre le pone la mano en la cabeza, le revolotea el pelo y sonríe: el que yo vi era de color amarillo y tenía la cola blanca.

Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía…
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!

Antonio MachadoParábolas

 

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Ruido blanco

Jul 11 2016 Published by under Sin categoría

El metro de las once y media siempre llega a menos veinticinco. Puede que varíe el conductor pero no el retraso. El que está ahora mismo anunciando su llegada está compuesto de no menos de siete vagones, poblados a su vez de seis áreas de ocho asientos laterales puestos frente a frente, donde todo pasajero que tenga la ventura de hallarse sentado tendrá en frente a cuatro afortunados más. Los demás viajeros se distribuyen equitativamente ocupando sobre sus dos piernas los espacios vacíos. El tren llega, para, deja, recoge y se va; dejando atrás tantos poemas y canciones inertes como los que llevará consigo a la siguiente estación. Así debe ser la eternidad. La primera sección del tercer vagón no sería distinta a las demás si no fuera por el hombre sentado del traje gris. Lleva los auriculares conectados a un móvil chino y calza unos maltrechos zapatos marrones. Tiene la mirada dura, la barba seca pero afeitada, un aspecto impersonal y más de cincuenta años. Uno podría afirmar que no ha reparado en la chica de la camisa verde. El vagón entero sabe que es lo más bonito que han visto hoy. A él no parece importarle, está observando algo intangible, algo que ya no está allí. Como el resplandor que deja un rayo atrás. El trance se hace evidente cuando hace una mueca: parece retorcer la lengua contra una muela premolar, se le ve parpadear y volver a fijar la mirada en la nada. Si uno se sentara a su izquierda se percataría de que su ropa huele a vieja y a uso continuado. Si uno se torciera sutilmente hacia él podría darse cuenta de que de sus auriculares no sale música alguna. Es una señal estática, ruido blanco. Dada esa premisa, uno sólo podría llegar a la conclusión de que el hombre del traje gris tiene puesta la radio cuando allí no hay cobertura.

No seremos su sombra sino su destino. Al tomar la última curva la fuerza centrífuga parece hacerle despertar. La aparente muerte en vida se levanta de su asiento y se acerca a la puerta. Debe tener miedo a su reflejo porque ahora su mirada se pierde entre sus pies. Cuando el metro ceja en su completo movimiento, y no antes, acciona el botón de apertura. Camina seguro y encogido, como si llevara una carga invisible a los ojos. Al llegar a los paneles verticales éstos detectan su presencia y se abren a su paso. No le piden que valide su billete. El chasquido estático en sus oídos adivina una canción. Comienza a encarar la escalera de salida. La mato y aparece una… Le suena la canción, frunce levemente el ceño. Pone el pie derecho sobre el primer escalón y alza la mirada. Hay un mundo allí fuera. La vuelve a bajar. No quepo en su boca.

Cuando se erige sobre el último peldaño el ruido cesa. Suena “Sueño con serpientes” de Silvio Rodríguez. Y plantea con un verso una verdad. Mira alrededor. Hay un niño tirando con saña una peonza. Se gira y observa frío la salida de la estación. Parece meditar. Parece pensar que sí cabe.

Mañana el tren volverá a llegar a menos veinticinco.

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La lluvia que no venía

May 24 2016 Published by under Sin categoría

Aquel día de verano de 1945 los gorriones volaron bajo. Al ocaso los vimos revolotear desde el umbral del portón. Ella salió, se recostó en el saliente del postigo más cercano y refugió las manos en su vientre, bajo los pliegues de su sucia blusa desvaída. Clavó la mirada en algún lugar situado entre el todo y la nada. Se recogió el pelo y volvió la cabeza hacia mí. Viene lluvia. Le dije que llevaba lloviendo demasiado tiempo.


Microrrelato enviado la semana 30 al concurso IX Edición de Relatos en Cadena, de la Escuela de Escritores.

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La tierra silenciada

Dic 10 2013 Published by under Sin categoría

Cuentan las sabias lenguas que cuando Manuel Azaña supo que la Guerra Civil estaba a la vuelta de la esquina echó el exabrupto más exacto sobre la elocuencia íbera. En una sala repleta de ilustres y no tan ilustres personalidades interpuso que “si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar”.

De aquellos barros, estos lodos. La gente habla de lo que le rota y así nos luce el pelo. Hace poco menos de doce horas se ha despedido en el estadio sudafricano de Soccer City a Nelson Mandela, una persona que, lejos ya de ser infinitamente admirable ha sido, además, el personaje más destacado de este último cuarto de siglo. Y es que este tío fue capaz de poner de ministros a los mismos racistas que lo condenaron a prisión. Una bofetada de una calidad humana tan grande que hace que a un europeo se le atragante prácticamente cualquier cosa.

No voy a hablar de la cantidad de hipócritas que llenaban la tribuna asignada a los líderes mundiales, me centraré simplemente en nuestra parte del pastel porque creo que ya tenemos suficiente con ellos. Ni siquiera del ilustre Premio Nobel dando lecciones de humanidad en un estadio donde se necesitan dos manos para contar los dictadores que ocupan un asiento. Hablaré de nuestros representantes. Supongo que, en un alarde de celeridad y avispamiento, el Gobierno de España decidió mandar allí, en representación de todos los españoles, a alguien con una alma mandelariana, alguien que representara esos mismos sentimientos encontrados que tan bien supo comunicar a su pueblo Tata Madiba. Así que decidieron, sin margen de duda, enviar por jet privado al Príncipe de Asturias, al presidente de este curioso país y a todos esos coleguis-y-asesores que nadie conoce. Me imagino que los asesores estaban allí por si a Rajoy le daba por decir alguna bobada de las suyas, o quizás justamente para que la dijera. La cuestión es que como era normal la ha dicho y ya está, nos ha llamado tontos desde Sudáfrica y ahora vuelve aquí a seguir mandando sobre nuestra vidas. El tontico nos llama tonticos y vuelve a España a gobernar a esos mismos tonticos, esa sería la crónica de su espectacular speech en tierras africanas. Aún así la presencia más llamativa es la del Príncipe de Gerona, Príncipe de Viana, Duque de Montblanc, Conde de Cervera y Señor de Balaguer. Es decir: nuestro principito. Un principito hijo de un rey impuesto por un dictador al cuál la palabra república le rima con anticonstitucional. No seré tan malo como para decir que, además de gilipollas es un idiota, a fin de cuentas sería mentira, las señoras que leen el Pronto diariamente dicen que es muy majo. No lo conocen, pero es muy majo. Una persona ejemplar. Saluda a los periodistas y sonríe y todo el tío.

Siendo sinceros tenemos lo que nos merecemos. España no es gobernada por un gobernante desde hace más de siglo y medio. Tenemos políticos nefastos. Y tenemos reyes ausentes. Tenemos idiotas dirigiendo empresas y trabajadores lamiendo el zapato de ese mismo idiota. Aún así, el problema que tiene este país no es ese. El problema es la falta de educación, y con ellos no quiero decir maleducado. Quiero decir falta de educación. Analfabetos que mandan. Y lo peor de todo: analfabetos sin vergüenza habida ni por haber. Better leave. To somewhere else. Anywhere.

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Vivirás mientras te recuerden

Sep 26 2013 Published by under Sin categoría

Cuando Isidro nació fue el súmmum de una situación esperada. Sus dos hermanas le recibieron con los brazos abiertos y no los cerraron hasta que no cumplió los 10 y sus amigos del cole importaban más que el plato de lentejas con chorizo que preparaba su madre. No había cumplido ni los 18 y sus amigos superaban ampliamente el número de cromos de La Liga 95-96 de Panini que, celosamente, yo llegué a coleccionar. Y así, haciendo “tengui” de amigos, seguiría hasta que no tuve más remedio que decirle adiós. Así me lo encontré cuando yo lo conocí.

A decir verdad fue él quien me conoció a mí (y no al revés). Isidro sumaba unas bonitas 18 primaveras cuando mi madre me parió. Vine al mundo y me comí de frente (y sin notarlo) el desastre de Chernobyl, la caída del muro de Berlín, la crisis de los 90 y el principio de la guerra de los Balcanes. También el Barça de Johann Cruyff, y eso sí que lo recuerdo bien. No me imagino cómo le pudo sentar a un culé ostentoso como él que antes de la final contra la Sampdoria su sobrino decidiera que era del Madrid y no del Barça. Supongo que mal. O bien, depende de como se mire. No sé si fue la presión familiar pero yo me hice merengue de cabo a rabo: dejé de ponerme la camiseta de Stoichkov y de soñar con ser Koeman para admirar a Manolo Sanchís y, poco después, idolatrar a un tal Roberto Carlos. La oportunidad esta vez se puso de mi lado y cinco años después el Real Madrid ganaría su séptima Copa de Europa, tan discutida por él.

El primer recuerdo que me viene a la mente cuando pienso en él es su barba fuerte y puntiaguda cuando me daba los dos besos de rigor al verme. Recuerdo perfectamente decirle: “pinchas” para, acto seguido, escuchar su risa. Recuerdo perfectamente también las sobadas que se metía durante las fiestas navideñas en el sofá de turno, y como iba yo a darle por saco. Su humor era contagioso y creo que hasta un tío tan seco y soso como el dinosaurio Fraga (a quién su padre / mi abuelo tanto odiaba) se hubiera partido la caja con él. De verdad, eh. Se hubiera descojonado. Las fiestas de Poblenou también ocupan un lugar relevante en mi memoria. A los treinta y poco tuvo dos hijos preciosos (Sara y Yeray) de los cuales yo tengo el honor de ser el padrino de uno de ellos: del pequeño gran hombre, el más culé de la familia Durán. Dos hijos impresionantes. El tiempo dio el acelerón propio de los diecitantos y cuando me di cuenta ya tenía los dos patitos. Mi merenguismo fue en aumento y las conversaciones futboleras así como sus regalos iban subiendo de nivel. Él me regaló el primer CD de Estopa (uno de sus grupos preferidos por no decir su grupo preferido) y también el disco Finisterra de Mago de Öz, ambos guardados en mi colección de CDs de cuando-no-existía-internet. Nos dejó su madre (mi abuela), tuvimos una boda de por medio y, por muy poco, no conoció a Lucía, la hija de su sobrina Sandra. Él estaría encantado. Con las dos. Con la madre y con la hija.

Guardo el último paquete de tabaco de liar Brookfield que nunca llegó a abrir. Y guardo también la bufanda del Real Madrid que él me regaló, patrocinada por (y esto sí que es raro) Estrella Damm. Es la única que tengo, y probablemente la única que tendré. Guardo el libro de Luís Chamizo que Pili -su mujer- me dio, un libro escrito completamente en lengua castúa (extremeña). Guardo sellos y monedas que él me fue proporcionando y que incrementaron mi querida colección.
En cierta manera me impresionó (y no me impresionó) lo abarrotada que estaba la capilla del tanatorio de Poblenou mientras sonaba El cant dels ocells de Pau Casals. Aquella noche del 7 de junio de 2011, cuando me cercioné de que nunca más le volvería a ver, me dio por pensar y llegué a una conclusión personal: cuando alguien se va vive eternamente mientras todas aquellas personas que ha conocido le guarden en su recuerdo. No mueres mientras te recuerden. Isidro, tú nunca estuviste en el cielo: eres de los que no vuelan.

 

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