Doble ciego

14/05/2016

En los tiempos en los que no existía el quizásquisistedecir era crucial encontrar algo que te entretuviera lo suficiente para no morirte de asco, sobretodo cuando se alcanza esa edad en la que siempre tienes la razón y todo te divierte nada o demasiado. La edad del pavo llegó para inmolarse.

En mi caso aquello supuso no sólo una revolución arterial, también ideológica. La Guerra de Bosnia había llegado a su fin años atrás y la refundación de las naciones de la antigua Yugoslavia estaba en marcha, con sus penas y sus glorias, con sus inocentes y sus verdugos; la delgada línea roja que separa el bien del mal. Yo me tragaba como cualquier otro espectador de 12 años aquellas noticias de metralla, casquillos y ex-escuelas, sin entender nada, preguntándome si la emisión del enésimo capítulo de las Tortugas Ninja se retrasaría. Conforme pasaron los meses la importancia de aquellas demoras fue menguando, hasta que acabó siendo directamente proporcional a las ganas que tenía de entender el mundo y adquirir una identidad ante la vida. Como cualquier otro adolescente.

Leí Paula, de Isabel Allende, y dictaminé que la historia de Chile es una historia triste, que no siempre gana quien tiene la razón y que si un día tengo una hija me encantaría que se llamara Paula. Leí Las cenizas de Ángela para querer tener una madre como ella, ser Frank y escapar a América. Leí El romancero gitano y me apené por el maltratado corazón de Soledad Montoya. Leí la Obra Poética de Miguel Hernández y me pregunté a qué debe saber un bocata de cebolla. Leí El diario de Anna Frank y entendí qué ocurrió en La lista de Schindler sin que apareciera Schindler.

Cuando quise darme cuenta ya entendía que la violencia suele imponerse a la razón, y que la violencia se puede ejercer con y sin razones. No tenía porqué ser siempre física. No tenía porqué ejercerla el que la quería provocar. En el nombre de una nación. En el nombre de una doctrina. En el nombre de un Dios.
Y el problema no lo tengo tanto con quienes la ejercen, sino con nosotros, en la mayoría restante: los que la toleramos. En muchos de aquellos libros que alguna vez leí identifiqué a dos tipos de ciudadanos que considero parte esencial de la no-solución: los narcisistas y los hombresdefe. Los primeros aceptan sin ningún atisbo de duda el status quo actual, sin plantearse ninguna otra opción más allá de las cuatro paredes que le sustentan, ya les va bien que las cosas estén como estén, y además, ¿qué puedo hacer yo para evitarlo? Los segundos están dispuestos a dejarse el alma por esa entidad, tenga ésta las razones que tenga y sea a costa de quien sea: un peligro en potencia. En cualquier caso, ambos juran el solemne cargo cada cuatro años a primeros ministros. A prominentes economistas. A profetas. Es el ciclo perfecto.

No me importa si te agrada o te disgusta lo que te digo, no hay otra opción que no sea la mía. Y además no te importa.

Pues debería importarte. Toda antigua nación que se precie es experta en guerras.

No soy un politólogo ni pretendo serlo. Tampoco soy un filósofo. Lo que sí sé que soy es anti-belicista y creo que los órganos de gobierno de los distintos países del mundo concentran un poder militar absolutamente desorbitado, un poder subyugado a sus propias decisiones. Hace un tiempo leí que en el campo de la investigación existe un método llamado doble ciego cuya función es prevenir que los resultados de un cierto experimento estén influidos por factores externos. Este procedimiento es indispensable, por ejemplo, a la hora de probar un medicamento nuevo. Se emula el fármaco real creando una réplica exacta pero totalmente inservible. Ni el propio investigador que suministra el fármaco ni los propios pacientes conocen la naturaleza de la sustancia, por lo que el paciente desconoce si está tomando un placebo o el propio medicamento, y a su vez no puede estar sugestionado por la opinión del subministrador, dado que él tampoco lo sabe. De esta forma se asegura la imparcialidad del procedimiento y la efectividad del fármaco, al no estar influido por el efecto placebo o por el sesgo del observador. Pues bien, a veces he fantaseado con la implantación de este método científico en las altas esferas del poder. Me he imaginado un órgano consultivo y crítico al cual pedir, por ejemplo, permiso respecto al lanzamiento de operaciones bélicas en cualquier lugar del mundo.

– Buenos días Sr. Peláez. Tenemos dos Tomahawks apuntando a una boda en Mashhad, solicito permiso para volarla por los aires.
– ¿Qué hay en esa boda para querer volarla General Tomate?
– El máximo dirigente del PSPEAX, cuarenta niños, veinte mujeres, quince hombres, treinta ancianos y dos asnos.
– No se ha tomado la medicación hoy, ¿verdad?
– Ha sido idea del Secretario de Defensa, Sr.
– Continúe.
– Fue ascendido a ese cargo por el presidente de nuestro país, el cual fue votado por la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos.
Inmensa mayoría es un pleonasmo, mayoría ya implica mayor parte. Pero siga, General.
– Por lo cual podemos deducir que tenemos la aprobación de las masas para hacer lo que nos plazca con esa boda.
– ¿Está usted diciendo que si preguntamos a los habitantes de nuestro país si desean sacrificar a cuarenta niños, veinte mujeres, quince hombre, treina ancianos y dos asnos por un terrorista dirían que sí?
– No lo sé, Sr. Peláez, ¿lo sabe usted?
– ¿Qué tal si les preguntamos a ellos?

Educamos a nuestros hijos sobresiguiendo y motivando su evolución como personas, para que luego, al crecer, descubran que deben hacer la vista gorda cuando los líderes de las naciones mienten o no cuentan toda la verdad, aceptan el bombardeo de pueblos y ciudades o venden armas a países en conflicto, entre otros crímenes, ya sea de forma directa o indirecta. Crímenes de lesa humanidad que, como acabarán finalmente asumiendo, nunca serán juzgados. Por el bien. Y por el mal.

Sin comentarios de momento

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *