El comienzo de una amistad no duradera

28/08/2013

Cuando pensó en qué sería de él cuando ella ya no estuviera no se sorprendió a sí mismo. Nada. No pasaría nada. Absolutamente nada.

Había crecido en un ambiente familiar sin figura predominante. Para sus padres las penas eran penas y las alegrías alegrías. Sin más. Los cuchicheos se le antojaban superficiales, como todas esas conversaciones que se producían todos los mediodías de todos los primeros días de todas las semanas del año: banales y sin trasfondo. No vivía la vida intensamente porque sus padres lo educaron para medir la vida en una escala de grises. “Nunca juegues con el blanco y el negro, cariño, porque los extremos se tocan”, le decían. Tonterías. Los extremos se podían ver por toda la ciudad. Se podían ver en cada esquina, en cada tienda, en las ojeras de toda esa gente que releía el último mensaje enviado en su teléfono móvil.

Aquél carácter tan particularmente extraño de su unidad familiar fue objeto de debate entre el profesorado del colegio donde estudió. Nadie comprendió nunca como una familia tan sentimentalmente autista podía haber llegado a educar a un niño. Pero lo hicieron, y el niño salió clavadito a ellos. Excepto en una cosa: ese crío de ocho años que se divertía durante la hora del almuerzo buscando gusanos entre las raíces del único árbol del patio de la escuela era capaz de sentir. ¡Y tanto que sentía! Lo sentía todo. Todo lo de los demás. Era un náufrago en Manhattan. Era un autista empático.

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