Gamusinos de cartón

14/08/2016

El niño mira alrededor constantemente, teme que alguien los encuentre antes que él. Rebusca entre la maleza, remueve las hojas caídas de los almendros y alza la mirada a las copas con esperanza. Agudiza el oído por si se hacen escuchar y achina los ojos, por si pudieran ser invisibles a una mirada común. Es una suerte que se encuentren en la era y no en la selva, sin árboles eternos a la redonda su mirada abarca ángulos imposibles. Desde donde está puede ver a Paula subir el pequeño cerro a muchos metros de distancia. Es guapa y podrá ver un montón más allá, aunque no le desea suerte. A lo lejos se escucha a Pedro exclamar algo que no se puede decir. Menos mal que no están los mayores, ya le estarían lavando la boca con jabón.

Han salido de caza demasiado tarde, comienza a oscurecer y la misión ha sido un completo fracaso. No hay esta noche. Volverá al caserío y su padre le preguntará si ha sido capaz de atrapar alguno. Aunque sólo sea uno. Suelen estar más cerca de lo que te imaginas hijo, barre el terreno metódicamente y ya verás como… Espera. Si no están aquí arriba es porque quizá estén allí abajo. La vergüenza momentánea de vérselas con su padre se transforma de un plumazo en adrenalina. Recoge dos piedras y empieza a machacar el seco terreno. Con cada golpe su alegría va en aumento. Están ahí, seguro. Cómo no lo he pensado antes… ¡No he visto nunca uno porque no viven en el mismo lugar que yo! La polvareda nubla su mirada y sus brazos van perdiendo el empuje inicial, pero no dejará que se le escapen esta vez. El ocaso ha despertado a la fauna nocturna; ahí están los grillos haciendo frotar sus patas, la lechuza ululando a la luna, la culebra buscando el cobijo de un romero, el aire murmurando entre los almendros sin flor y un animal pardo observando a un niño ensañarse con la tierra. Éste parece ajeno a su curioso espectador, cosa que no es verdad: los pocos pelos que tiene en la nuca se le erizan cuando su subconsciente siente una presencia inesperada. Me está mirando, he encontrado su guarida. Se gira de golpe hacia donde su instinto ubica al gamusino, pero sólo logra adivinar su color terroso y su larga cola negra. El animal ya ha abandonado su posición para cuando el niño llega al trote. Y se habrá escapado para siempre, pero lo ha visto. Y él me ha visto a mí.

Su padre le pone la mano en la cabeza, le revolotea el pelo y sonríe: el que yo vi era de color amarillo y tenía la cola blanca.

Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía…
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!

Antonio MachadoParábolas

 

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