Ruido blanco

11/07/2016

El metro de las once y media siempre llega a menos veinticinco. Puede que varíe el conductor pero no el retraso. El que está ahora mismo anunciando su llegada está compuesto de no menos de siete vagones, poblados a su vez de seis áreas de ocho asientos laterales puestos frente a frente, donde todo pasajero que tenga la ventura de hallarse sentado tendrá en frente a cuatro afortunados más. Los demás viajeros se distribuyen equitativamente ocupando sobre sus dos piernas los espacios vacíos. El tren llega, para, deja, recoge y se va; dejando atrás tantos poemas y canciones inertes como los que llevará consigo a la siguiente estación. Así debe ser la eternidad. La primera sección del tercer vagón no sería distinta a las demás si no fuera por el hombre sentado del traje gris. Lleva los auriculares conectados a un móvil chino y calza unos maltrechos zapatos marrones. Tiene la mirada dura, la barba seca pero afeitada, un aspecto impersonal y más de cincuenta años. Uno podría afirmar que no ha reparado en la chica de la camisa verde. El vagón entero sabe que es lo más bonito que han visto hoy. A él no parece importarle, está observando algo intangible, algo que ya no está allí. Como el resplandor que deja un rayo atrás. El trance se hace evidente cuando hace una mueca: parece retorcer la lengua contra una muela premolar, se le ve parpadear y volver a fijar la mirada en la nada. Si uno se sentara a su izquierda se percataría de que su ropa huele a vieja y a uso continuado. Si uno se torciera sutilmente hacia él podría darse cuenta de que de sus auriculares no sale música alguna. Es una señal estática, ruido blanco. Dada esa premisa, uno sólo podría llegar a la conclusión de que el hombre del traje gris tiene puesta la radio cuando allí no hay cobertura.

No seremos su sombra sino su destino. Al tomar la última curva la fuerza centrífuga parece hacerle despertar. La aparente muerte en vida se levanta de su asiento y se acerca a la puerta. Debe tener miedo a su reflejo porque ahora su mirada se pierde entre sus pies. Cuando el metro ceja en su completo movimiento, y no antes, acciona el botón de apertura. Camina seguro y encogido, como si llevara una carga invisible a los ojos. Al llegar a los paneles verticales éstos detectan su presencia y se abren a su paso. No le piden que valide su billete. El chasquido estático en sus oídos adivina una canción. Comienza a encarar la escalera de salida. La mato y aparece una… Le suena la canción, frunce levemente el ceño. Pone el pie derecho sobre el primer escalón y alza la mirada. Hay un mundo allí fuera. La vuelve a bajar. No quepo en su boca.

Cuando se erige sobre el último peldaño el ruido cesa. Suena “Sueño con serpientes” de Silvio Rodríguez. Y plantea con un verso una verdad. Mira alrededor. Hay un niño tirando con saña una peonza. Se gira y observa frío la salida de la estación. Parece meditar. Parece pensar que sí cabe.

Mañana el tren volverá a llegar a menos veinticinco.

Un comentario hasta el momento

Una respuesta a “Ruido blanco”

  1. Xenia dice:

    Buena reflexión. La vida bajo tierra tiene historias infinitas.

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