En el sol no hay amanecer

May 21 2016 Published by under Escritos cortos

Llueve incesantemente. Las gotas caen con estrépito, repiqueteando al estrellarse en el ventanal. Son poco más de la una de la mañana. Mira de reojo el reloj de la mesita de noche y, resignado, se acomoda sobre su costado izquierdo, como si al darle la espalda al reloj y al ventanal fuera a parar el tiempo y la lluvia. Ahora tiene enfrente la cómoda, y justo encima de ésta un póster de Pink Floyd: The dark side of the moon. Le gusta recordar que la cara oculta de la luna es siempre la misma cara.

El armario empotrado cruje en la oscuridad. Se levanta, estira los brazos y se acerca a la vidriera, intentando divisar el firmamento tras la muralla de agua. Baja la mirada. Su perra Theia también se ha desvelado. Los pensamientos se precipitan sobre él en tromba, sin previo aviso. Como la lluvia, y tomando la forma de axiomas. Decide prepararse un té sin teína, recostarse sobre la repisa del ventanal y dejarlos fluir. Para los insectos del jardín ese torrente de gotas debe ser lo más parecido al fin de los días. Y sin embargo, nacerá un nuevo horizonte en unas horas. La rotación terrestre bañará de luz el pequeño huerto. El ocaso se llevará los últimos fotones consigo. En el sol no hay amanecer. Una noche estrellada se expande y baila a su alrededor. Proyecta su radiación en todas las direcciones posibles, perdiéndose la mayor parte en el vacío estelar. Inutilizada, como las emisiones radiofónicas que nadie escuchó. Sólo una ínfima parte de sus haces de luz impactan contra cuerpos celestes, y de ellos sólo una irrisoria fracción logran traspasar la atmósfera terrestre. Un panel solar del tamaño de mi mano en órbita terrestre generaría dos mil veces la energía que produce un panel solar del tamaño de Madrid en tierra.

– ¿Y si dejáramos de depender de nuestro planeta energéticamente?
– ¿Ha calculado usted cuánto dinero costaría? ¿La ingeniería necesaria para lograrlo?
– L
a ciencia nunca resuelve un problema sin crear diez más, como dijo Shaw.
– Yo también soñaba a su edad.

En el espacio no llueve. En el espacio no se pone el sol.

La lluvia ha cesado y el té ya está frío. Theia descansa a sus pies. La mira y piensa que ella nunca intentaría beber del rocío que esparce un aspersor. Se bebería el aspersor.

Se sienta en el borde de la cama y alcanza las botas de agua. Las lustra con esmero y las coloca a pie de cama. Se levantará al alba y repasará la defensa de la tesis mientras desayuna. No calzará las botas. Irá caminando a la facultad, bordeando todos los charcos que encuentre en su camino.


Relato enviado al Concurso sobre el amanecer – Zenda.

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